-Disculpe, me gustaría hacerle un retrato.
El escritor lo miró sorprendido. Con su desenfado de amateur, el fotógrafo esperaba sonriente, cámara en ristre.
-Tengo un blog, donde doy fe de lo que pasa en mi ciudad. No es nada serio; al menos, no para el resto de la gente.
El encanto de aquel hombre de pelo blanco atrapó al escritor, que se dejó seducir. El fotógrafo lo cogió gentilmente del brazo para que lo acompañara. Sujetaba con cariño su cámara híbrida, de esas que llaman “para aficionados avanzados”. El escritor, a su vez, sostenía con ternura su novela Sobre tu tumba y la mía, que aún estaba caliente de la imprenta. Muy cerca, había una librería especializada en temas de medicina. La luz del atardecer entraba a raudales por el escaparate. Un esqueleto de resina sintética vigilaba la sección de anatomía. El fotógrafo se lo presentó al escritor.
-¿Le importaría cogerlo así, como si bailara?

Carlos Grassa Toro ©Vicente Almazan
El novelista improvisó un vals con el muñeco de huesos y el clic grabado de la digital sonó tan genuino como el de una Leica. El fotógrafo se apresuró a comprobar el resultado, y se lo mostró al otro en la pequeña pantalla del aparato.
-Muchas gracias -dijo feliz-, y le pido mil disculpas por mi atrevimiento.
-Encantado -respondió el escritor-. Pensándolo bien, es la primera vez que me hacen un retrato conmigo mismo en el futuro.
Las sombras de la tarde avanzaron un paso y escritor y fotógrafo retomaron satisfechos sus caminos, mientras el dependiente de la librería miraba atónito al inmóvil esqueleto de resina, que contemplaba ufano la acera de enfrente.
María José Gutiérrez Lera