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Noche de jazz

Culture

Paz miró con cierta desgana la copa de cava que su marido había colocado frente a ella sobre la mesa circular de madera. Flute, llamaban los franceses a las copas como aquella, que servían para beber los espumosos. Flauta. Qué raro. No parecía una flauta. Parecía más bien el cáliz de una flor, de delicados sépalos transparentes. Estaba bien. Por una vez no bebería cerveza hasta altas horas de la madrugada, con pausas intermitentes para visitar el excusado. La cerveza era refrescante y le hacía sentirse joven, pero su sabor amargo armonizaba demasiado con el dolor sordo, aburrido, que albergaba en la boca del estómago, como irradiando desde el corazón.

La agrupación de amigos del jazz a la que pertenecía -por consorte, todo hay que decirlo- celebraba hoy su quinto cumpleaños. De ahí el cava y las copas preciosas que el dueño del pub había sacado del armario que nunca abría. Eso añadía un atractivo a una velada que no le entusiasmaba. Tomó un sorbo y una cascada de pequeñas burbujas le llenó la boca, sorprendiéndola. Saboreándolo, percibió un gusto luminoso, sofisticado, que quizá le recordó otras fiestas. Bebió otro trago y se sintió de pronto acompañada.
Poca gente había escuchado tanto jazz en vivo como ella. Y si los conciertos de las noches anodinas salpicadas de luces rojas le habían enseñado algo, aparte de los nombres de multitud de standards que había acabado por apreciar, fue que todo acaba. Incluso la soledad en compañía de un grupo de gente que mueve la cabeza al unísono y aplaude cada solo de saxo como disparado por el mismo resorte. Visto desde fuera resultaba chocante, incluso enervante. Pero Paz había aprendido a esperar, a dejar pasar el tiempo, que se deslizaba perezoso, como una gran boa gris. Y, siempre, siempre, el evento acababa, los ruidos y las luces recuperaban su intensidad habitual y la vida se reiniciaba como un ordenador viejo. Era cuestión de tener paciencia.
Pensándolo bien, las veladas de concierto constituían un punto y seguido a noches de no hablar en casa, o de cruzar reproches a gritos. Eran casi la única salida que hacía con su marido y el grupo de amigos que la toleraba con cierta compasión, o que quizá la quería sin decírselo. Acarició la copa, el cristal frío, siguió con los dedos el recorrido de las burbujas que se evadían por la superficie generando una pequeña explosión. Cerró los ojos. Sólo estaba ella, ella y el cava, intenso y duradero, como había imaginado que sería su historia de amor. Pero no. Su novela había fracasado, naufragada en el agua agria de la dejadez y la inconsistencia.DavidHudson©Jacques Valat

Aquella noche actuaba un trío. Los tríos no le entusiasmaban; ya puestos, prefería el barullo colorista de una big band. Fijó la vista en el escenario, un rincón del bar ligeramente más iluminado que el resto y serpenteado de cables que se deslizaban por el suelo hacia la mesa de sonido. No había visto a este grupo antes. Abandonó sus pensamientos para estudiar al batería, un hombre de edad indefinida, entre cuarenta y cincuenta años, no muy alto, de piel oscura que contrastaba vivamente con el atuendo y el turbante blancos de la casta hindú de los sij. Paz nunca había visto a un hindú en directo, menos aún tocando jazz. Tenía la piel atezada, aterciopelada, el traje impoluto, blanco el anverso de las manos y una elegancia casi aristocrática, a la vez misteriosa, en los movimientos y la sonrisa.

Atrapada en la imagen de aquel hombre bello, con la copa en la mano, apuró largos sorbos dorados que permanecían en su paladar como una promesa. Así, concentrada, la sobresaltó el largo aplauso que marcó el fin del concierto, bis incluido. Conocía bien la ceremonia posterior, el protocolo de siempre: presentaciones, caras y nombres nuevos, miradas curiosas que se cruzarían, unas copas, hablar de jazz, quizá comer algo en torno a una mesa donde ella, confinada a un rincón, desaparecería. No tenía conversación para una sobremesa semejante, ni capacidad para superar la transparencia en la que se sumergía. Se levantó insegura; ocho meses de infortunado matrimonio habían minado su autoestima. Su marido pronunció su nombre varias veces y Paz repartió con timidez apretones de manos y roces de mejillas. Al llegar el turno del batería, sintió que rememoraba una nota sutil y diferente, un aroma ligero, y se reprochó aturdida que había bebido demasiado cava. Pero el hombre la miró al fondo de los ojos con un brillo cercano. Algo turbada, Paz ofrecía el gesto de turno con un leve interés cuando un inesperado giro de la cabeza del sij consiguió hacer chocar los labios de ella contra los de él, carnosos y oscuros, en un contacto fugaz que tuvo la magia de devolverle el amor a la vida. Y, repentinamente, Paz sintió que era una hermosa mujer que, desde siempre, se había merecido aquel beso.

María José Gutiérrez Lera


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